Ojosdelalma
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  • May 16th

    En esta sociedad enferma de violencia, polarización y odios en la que los extremistas, todos, pretenden tener la razón y se insultan para demostrarlo, me he encontrado con un debate bien curioso y triste: esa extrema derecha que tilda de izquierdista a todo aquel que manifiesta que los derechos humanos son importantes y deben respetarse, que los fines no justifican los medios y que la forma de acabar con un conflicto como el de Colombia no es asesinando hasta el último guerrillero, como defienden ellos (porque, argumento de los erróneamente tildados de “izquierdistas”, si no se ataca la raíz del conflicto, seguirán naciendo más y más personas dispuestas a combatir con violencia las injusticias y la vida no digna de sus familias, y a encontrarse con las tentaciones de la vida fácil que les ofrece el narcotráfico), esa extrema derecha afirma que los millones de campesinos y civiles inocentes que han sido masacrados, asesinados, desaparecidos y desplazados de sus tierras son víctimas que “se tenían que sacrificar” en medio de esta guerra para poder ganarla. En ese caso, para ellos los derechos humanos no deberían existir: son cosa de izquierdistas. Pero ahora resulta que, con el ánimo de buscarle alguna solución a un conflicto que a veces pareciera no tener solución por su complejidad, es decir, con el ánimo de, de alguna manera, “ganar la guerra”, surgen proyectos que tienen que contemplar –aunque a ningún colombiano nos guste porque nos han dolido la sangre y las lágrimas derramadas– algunas medidas más suaves para perdonar delitos atroces e intentar reconciliar a una sociedad herida casi mortalmente, es decir, medidas que, de cierta forma, no estarían haciéndoles la justicia que todos –o algunos– quisiéramos a las violaciones de los derechos humanos, y ahí sale esa extrema derecha a defender esos derechos humanos que les importan un rábano, sin mencionar esas palabras –que no los vayan a tildar de izquierdistas–, sino, simplemente, insultando al gobierno y diciéndole “marica” porque aquí nada se debe negociar ni perdonar, aquí solo se puede asesinar a los asesinos. Y así esperan ganar la guerra estas tristes almas. Tal vez no conciban el concepto de reconciliación ni conozcan casos históricos como el de Sudáfrica. Tal vez no entiendan que, cuando una guerra ha llegado tan lejos, cuando son tantos los crímenes, tantos los criminales y tantas las víctimas, la justicia contiene un gran pedazo amargo que debemos tragarnos llamado perdón, y la posibilidad de cometer errores comparables a los que se pretende juzgar y de avivar aún más la violencia tratando de castigar “justamente” hasta el último crimen es bastante alta, además de poder alargar esa guerra hasta casi otorgarle la eternidad.

    Ahí vamos, queriendo lograr la paz a través de la guerra, enloquecidos con un extremismo que no nos deja ver las raíces de la violencia, las únicas que, entendiéndolas y atacándolas, nos permitirían intentar inyectarle soluciones a esta sociedad sangrante para que la herida no llegue a su punto mortal.

    Ojalá nos uniéramos para enfrentarnos al trago amargo –eso sería de valientes, no de “maricas”–, a ver si por fin llega el postre merecido de la paz para nuestra amada y dolorosa Colombia.

  • May 14th

    El semáforo cambió a rojo y un hombre corrió a acomodar frente a los carros una escalera con un letrero grande de colores que la cubría casi por completo, una especie de estructura para darle vida a su propio circo callejero y de pocos segundos.

    El hombre subió a su circo con una habilidad propia de la necesidad, se agarró a su equilibrio y a sus ganas, y jugó con bolas de colores en el aire, bajo las ramas de los árboles, frente a decenas de ojos de rutinas menos coloridas.

    Pocos segundos después, siguiendo su reloj interno, las bolas volvieron a sus manos, bajó de su circo sin haber apagado su magia y corrió acercándose a las ventanillas de los carros.

    De pronto, me encontré de frente con sus ojos y, admirada por su rutina y su exactitud, haciendo fuerza por el poco tiempo que él tenía para recoger algún agradecimiento, reuní torpemente algunas monedas y saqué la mano imitando su rapidez.

    El contacto de esas dos manos, la del hombre del circo propio y la mía, y el contacto de dos sonrisas distintas pero humanas bajo las ramas de esos árboles, en esa calle repleta de historias, fueron el final emocionante de esos instantes de espectáculo.

  • March 7th

    Una mujer me trae un vaso de agua, lo pone sobre la mesa con la mirada baja, pero con una curvatura amistosa en sus labios. Le digo: “¡Hola, muchas gracias! ¿Cómo estás?” Me responde, mirándome con unos ojos brillantes: “Yo, feliz, ¿y usted?” Levanto los ojos, muy abiertos, y la miro con una gran sonrisa, esperando que me cuente eso tan bueno que le sucedió: “¡Qué bueno! ¿Y por qué estás tan feliz?” Me dice: “Yo todos los días estoy feliz; estoy feliz de estar aquí, se trabaja muy bien y uno es feliz”. Sin disimular en lo más mínimo mi sorpresa, le muestro todos mis dientes en una sonrisa que me sale del alma y le digo que no sabe cuánto me alegro de saberlo.

    Realmente, una confesión así me hace feliz. Cada día me sabrá mucho mejor mi vaso de agua.

  • February 29th

    Veo en la calle a un hombre joven, que viste una camisa amarilla brillante, tirando tres machetes hacia el cielo frente a varios carros que esperan la luz verde de un semáforo; lo veo mirándolos mientras dan vueltas en el aire y volviéndolos a recibir, jugando con su cuerpo, con su necesidad, con su vida.

    Yo pienso, haciendo fuerza con todo mi cuerpo: no deberías hacerlo peligroso, juega con algo y hazlo de manera magistral, pero no lo hagas peligroso, no lo lleves al límite, no es necesario. Pienso que yo igual querría ayudarlo, sin necesidad de los machetes, pero, tal vez, esa sea solo yo.

    Él debe pensar: el hambre, el frío, la familia; somos tantos pensando en lo mismo, buscando con qué jugar para ganar el juego, para sostener la vida, que debo llevarlo al límite, debo hacerlo peligroso.

    Él lo sabrá.

    El semáforo alcanza su luz verde y yo, rápidamente, dejo de ver el brillo de los machetes y del amarillo.

  • January 30th

    Ya hace varios años de conciencia que me duele casi físicamente el sufrimiento de los seres humanos, pero últimamente siento que el de los animales se le suma de una forma, de cierta forma que se está haciendo pesado, muy pesado, casi insoportable.

    A mí, que tanto he alardeado de amar la vida -y que, no sé cómo, la sigo amando-, se me está haciendo difícil vivirla, se me está haciendo algo absurdo este mundo.

    Cada noche, al cerrar los ojos, se retrasa un minuto más el sueño, se hace un poco más profundo ese sufrimiento: en ese preciso instante algún ser humano y algún animal, que en realidad son millones, están llorando en silencio, en medio de la falta de piedad.

    Antes de dormir sufro; en el día, cuando la mente no está distraída, sufro, y cada vez es más difícil distraerla.

  • December 1st

    Todos los días de mi vida trato de entender cómo es posible que nos matemos unos a otros, que nos odiemos tanto sin conocernos, que emprendamos guerras inimaginables contra nosotros mismos, que nos autodestruyamos de una manera tan violenta y radical.

    El tema de las persecuciones que han sufrido los judíos a lo largo de la historia, y de su punto más alto y monstruoso durante la Segunda Guerra Mundial, me atormenta; y ese tormento se hace aún más profundo cuando pienso en ese pueblo que tanto ha sufrido y que hoy es protagonista de otro de los episodios más dolorosos de nuestra historia: el conflicto entre Israel y Palestina.

    ¿Acaso si he sufrido mucho no debo comprender aún más el sufrimiento del otro y ser incapaz de no compadecerme? ¿Cómo es que permitimos que el mundo siga como si nada cuando ya fuimos testigos silenciosos del casi exterminio de un pueblo y hoy vemos a otro luchando por el simple derecho a existir?
    Qué bárbaros somos. A veces el silencio y la pasividad son los peores actores.

    Al parecer, y lo reflejan muy bien las siguientes palabras de Amos Oz en su libro Una historia de amor y oscuridad, nuestras intenciones son muy bonitas cuando se describen en medio del sufrimiento, pero se tiñen de otros colores cuando la vida nos muestra la luz.

    (Aparte del tema que estoy tocando, las siguientes palabras me dan escalofrío cuando las pienso en relación con esos que están dispuestos a que todo sea sangre con tal de conseguir el orden. Qué peligroso puede volverse quien impone el orden a como dé lugar: aún mucho más que aquel que causaba los disturbios.)

    A los únicos que no temíamos mucho era a los alemanes. Recuerdo que en el 34 o el 35 yo era la única de la familia que seguía en Rovno, para terminar mis estudios de enfermería, en el 35 aún había bastantes entre nosotros que esperaban que llegase Hitler, decían que con él al menos habría leyes y disciplina, y cada uno sabía dónde estaba su sitio, que no importaba mucho lo que Hitler dijera, lo importante era que allí, en Alemania, había impuesto un orden alemán ejemplar y que la chusma temblaba ante él. Lo importante era que con Hitler al menos no habría tumultos callejeros ni anarquía; entre nosotros aún se pensaba entonces que la anarquía era la peor situación posible: la mayor pesadilla era que los sacerdotes empezaran un día a instigar en las iglesias diciendo que la sangre de Jesús volvería a ser derramada por culpa de los judíos y comenzasen a repicar sus pavorosas campanas, y los campesinos lo escucharan, se llenaran la barriga de aguardiente, cogieran las hachas y las horcas y empezara todo. Leer más

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